La Inquisición no fue lo que le han contado.

La Inquisición tuvo un doble papel presionando por la expulsión de los judíos y luego en la persecución de los falsos conversos. Como es sabido, la expulsión valió a los Reyes Católicos la felicitación y el beneplácito de los demás estados europeos, los que indica una actitud muy común hacia ellos. De hecho habían sido expulsados también de Inglaterra, Francia y algún otro país, pero no del mismo modo.

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La Inquisición, que subsistiría más de tres siglos, con desigual actividad, ha sido inmensamente criticada, primero por la propaganda protestante, después por la ideología ilustrada del siglo XVIII, y sigue siéndolo desde los más diversas ideologías, comunista, liberal, anarquista, alguna fascista, etc. Se le ha achacado un número descomunal de víctimas, hasta como causa de una supuesta despoblación de España (J. A. Llorente); el uso masivo de las torturas más refinadas; una “extraordinaria crueldad” (Gabriel Jackson)… Se la ha acusado de haber paralizado el pensamiento y la cultura, de ser un embrión de las policías políticas del siglo XX, del racismo nazi o del Holocausto (C. Stallaert), “germen del moderno totalitarismo” (Joseph Pérez); de ser un aparato de robo y opresión gratuitos, de haberse cebado en judíos auténticamente cristianizados debido a un complejo de inferioridad de los cristianos viejos, causante del “anormal y horrendo placer que sentían en sus malvados actos” (Benzion Netanyahu). Y un largo etcétera. Hasta a Rusia llegaron estas versiones, como muestra Dostoyevski en un capítulo de Los hermanos Karamázof. Importa por ello situar la cuestión en la historia real. Otros historiadores como M. A. García Olmo, e investigaciones sobre los archivos inquisitoriales, como los de G. Henningsen o J. Contreras, en parte R. García Cárcel, demuestran que más del noventa por ciento de esos juicios acusatorios se basan en una propaganda sostenida durante siglos y en falsas analogías con fenómenos actuales.

Se ha dicho, y es verdad, que las persecuciones religiosas fueron comunes en toda Europa durante siglos, y exacerbadas por la revolución protestante y las guerras civiles que desató de forma entusiasta Lutero. Pero debe señalarse que el número de víctimas en España fue significativo no por lo numerosas, sino por lo contrario. Así, el número total de muertes documentadas y atribuibles a la Inquisición durante tres siglos están en torno al millar. Faltan archivos del período desde la fundación hasta 1560, lo que permite, como en el caso de los inicios de la Reconquista, toda suerte de especulaciones y estimaciones, de acuerdo con las simpatías ideológicas del autor, aunque no es probable que pasen de otro millar. Se los tiene por años de intensa actividad, y algunos hablan de hasta 4.000 ejecuciones, mientras otros, como el investigador Tarsicio de Azcona limita a unos cientos los ejecutados durante el reinado de Isabel la Católica.

Y ya que las acusaciones provienen principalmente de fuentes protestantes, no sobran algunas comparaciones (saco parte de los datos de M. E. Roca Barea Imperiofobia y leyenda negra). Aunque los protestantes no crearon un órgano sistemático como la Inquisición, funcionaron de hecho muchas inquisiciones parciales, cuyas víctimas multiplican las de la Inquisición española en mucho menos tiempo. Se ha calculado que en solo diez años Calvino hizo quemar o ejecutar de otros modos a unas 500 personas (entre ellas a Miguel Servet) en una ciudad de 10.000 habitantes como Ginebra. Las persecuciones protestantes no se dirigían solo contra los católicos, sino también se producían entre las diversas confesiones luteranas o calvinistas. En los mismos tres siglos de la Inquisición, en Inglaterra se produjeron 264.000 condenas a muerte, una cifra gigantesca, según los cálculos de James Stephen, parte sustancial de las cuales se deberían a persecuciones religiosas. Solo en el período isabelino fueron asesinados unos mil católicos, sin contar los irlandeses, contra quienes continuó durante siglos una represión brutal. No hablemos de los asesinatos y confiscación de bienes extrajudiciales. El número de protestantes quemados en España entre 1520 y 1820 fue de doce.  No hace falta incidir aquí en las víctimas de las policías políticas, comunistas y otras, en el siglo XX y ahora mismo. Regímenes todos muy “antiinquisitoriales”.

Las víctimas más numerosas de la Inquisición fueron conversos judíos y moriscos. Su actuación más intensa transcurrió entre su fundación y 1530, remitiendo después durante más de un siglo para recrudecerse entre 1640 y 1660. Desde esa fecha, su actividad decayó mucho.

También queda claro hoy que la Inquisición empleó la tortura en mucha menor medida y con menor dureza que los tribunales laicos en toda Europa, y que la abolió cien años antes de lo que se hizo común en Europa… o no tan común en realidad, como demuestran las persecuciones ideológicas del siglo XX. Por ejemplo, de los 7.000 procesos en Valencia solo se empleó la tortura en un 2 por ciento de los casos, nunca más de quince minutos y nadie fue torturado dos veces. En Inglaterra, Francia o Alemania la tortura podía llevar a la mutilación, la ceguera o la muerte, e incluía métodos como el desollamiento en vivo. La Inquisición abolió los azotes y argollas para las mujeres y limitó a cinco años la pena de galeras, que solía ser perpetua en los tribunales civiles. Sus cáceles eran mejores que las comunes y los presos podían recibir visitas de familiares y practicar su oficio; a menudo solo sufrían arresto domiciliario.

Muchas descripciones crean la imagen de un clima generalizado de denuncias y temor, pero los datos conocidos no abonan tal impresión. A lo largo de tres siglos hubo un máximo de 150.000 procesos, quizá menos de 100.000, pues se conservan las actas de los 50.000 ocurridos entre 1560 y 1600, casi un siglo y medio: los procesos posteriores a 1700 fueron pocos, y resulta difícil creer que los de los ochenta años anteriores a 1560 duplicaran a los posteriores Aun aceptando la improbable cifra máxima, da un promedio de 420 procesos por año, no muchos para una población que fue subiendo de 5 a 12 millones de habitantes e insuficientes para crear ese presunto clima de terror. Por el contrario, abundan los testimonios del aplauso popular al tribunal.

Otro dato muy relevante es que, tras algunos casos puntuales, la Inquisición descartó la “caza de brujas”, considerando su existencia como un mero fenómeno supersticioso. Por el contrario, en los países protestante como gran parte de Alemania o de Francia, Suiza, Escandinavia Escocia, también en otros católicos, la quema de brujas se hizo obsesiva e histérica durante los siglos XVI y XVII, y hasta entrado el XVIII. El episodio de “las brujas de Salem” se produjo a finales del siglo XVII, y la última víctima fue una niña, ejecutada en la parte protestante de Suiza, en 1783. Se ha calculado la mortandad total por “brujería” entre 50.000 y 100.000 personas. No hay forma de conocer cifras correctas, pero sin duda superaron en decenas de veces a las atribuidas a la Inquisición, la cual fue precisamente el valladar contra la plaga, de la que salvó a España.

Los datos anteriores y otros fueron recogidos en 1994 en un documental de la inglesa BBC titulado The myth of the Spanish Inquisition, señalando que el 99% de lo que se ha dicho sobre ella es mito. Un documental tan extraordinario debió de ser un “gol” que alguien coló a la BBC. Pero la verdad histórica resultaba demasiado indigesta para mentes demasiado dadas a la propaganda, de modo que, recuerda Roca Barea, seis años después la misma cadena reparó el desaguisado con otro documental, Spanish Inquisition: the brutal truth, Ahora, la “truth” consistía precisamente en la serie de mitos mencionada. En las imágenes se hacía ondear la actual bandera de España entre hogueras y desfiles hitlerianos, y la Inquisición resultaba no solo “el primer ejemplo de policía del pensamiento”, sino también “el más terrorífico” de la historia. ¿No responde el reportaje, precisamente, a una manipulación del pensamiento de tipo totalitario? Este episodio ilustra bastante bien sobre la persistencia fanatizante de ciertos mitos. Se comprende en otras épocas de lucha entre España y los protestantes, en la que los intereses mitificadores eran obvios, pero cabe preguntarse a qué intereses puede responder hoy una propaganda tan radicalmente falsaria e  hispanófoba.

No menos interesantes son disquisiciones como las de Joseph Pérez (premio Príncipe de Asturias) contra las investigaciones que ofrecen una imagen en algún modo favorable del Tribunal, atenuando sus horrores; pues, con más o menos víctimas, en él estaría la fuente del totalitarismo moderno al “confiar al Estado el control de lo que piensan los súbditos”. Aquí es preciso aclarar un par de cosas: los súbditos españoles eran católicos de modo casi unánime, lo mismo que en el resto occidental del continente. Y no lo eran porque lo decidieran los príncipes sino por otras razones más profundas y de muy largas raíces históricas. Por consiguiente no había necesidad ni intención de controlar su pensamiento desde el estado. El control se dirigía a un pequeño número de herejes que se presentaban como cristianos sin serlo, pues la Inquisición solo se ocupaba de los bautizados. Los totalitarismos modernos siguen precisamente la vía opuesta: no tratan de defender la opinión tradicional y mayoritaria de los pueblos, sino de imponerles una ideología novedosa, controlando su pensamiento por medio de la propaganda y la represión. La diferencia es central, porque, vistas así las cosas, el origen del totalitarismo podríamos hallarlo más bien en el principio protestante cuius regio eius religio, que autorizaba a los príncipes a imponer sus nuevas creencias a sus súbditos. Y realmente las imponían mediante persecuciones y confiscaciones mucho más vastas que las de la Inquisición, según hemos observado.

Los métodos de la Inquisición han sido muy denostados, en particular la denuncia anónima. Pero el anonimato de los denunciantes buscaba evitar venganzas de las familias de los denunciados, muchas de ellas poderosas. Y la prevención contra los falsos testimonios era muy rigurosa: “Los inquisidores –explican las instrucciones de Torquemada— deben observar y examinar con atención a los testigos, obrar de suerte que sepan quiénes son, si deponen por odio o enemistad o por otra corrupción. Deben interrogarlos con mucha diligencia e informarse en otras personas sobre el crédito que se les pueda otorgar, sobre su valor moral, remitiendo todo a la conciencia de los inquisidores”. A un falso acusador podía caerle la pena reservada a su víctima. De hecho, la Inquisición fue el tribunal más garantista de su época en todo el continente, y sus minuciosos protocolos de actuación buscaban celosamente evitar las falsas acusaciones. Aquellas precauciones impedían de entrada las cifras fabulosas de víctimas que se le han achacado, pero tenían la contrapartida de la lentitud de los procesos, que en sí misma no dejaba de ser una injusticia que podía amargar la vida a los inocentes.

Tampoco se sostiene la acusación al Tribunal de haber paralizado el desarrollo intelectual de España con su represión e índices de libros pues estos, aún más rigurosos, estaban en boga por gran parte de Europa; y, casualmente, los siglos XVI y XVII, de mayor actividad inquisitorial, fueron los de mayor florecimiento de la cultura superior (arte y pensamiento sobre todo) y popular en toda la historia de España. Lope de Vega, Calderón de la Barca, Juan de Mariana, entre tantos, pertenecieron a la Inquisición, y otros como Cervantes estuvieron próximos a ella. Es a finales del siglo XVII, con débil actividad inquisitorial, cando desciende el nivel creativo de la cultura española, lo cual prueba la nula relación de causa a efecto ente ambos fenómenos.

Entender la Inquisición obliga a evitar extrapolaciones ideológicas a la actualidad. Por entonces las sociedades, europeas y no europeas, daban importancia central a la religión, y los estados buscaban la homogeneidad religiosa, máxime cuando en los siglos anteriores el continente había sufrido invasiones y amenazas externas que volvían a hacerse inminentes con el auge otomano. Por ello, la herejía no se entendía como un simple “pensar de otro modo” sin consecuencias prácticas, sino como un ataque al núcleo mismo de la propia cultura y a la estabilidad social. La relegación de la religión tradicional a un segundo plano solo se desarrolló mucho más tarde a partir de Inglaterra, para evitar las persecuciones entre grupos protestantes (excluyendo de la tolerancia a los católicos). A partir del siglo XVIII las religiones tradicionales fueron sustituidas –parcialmente— por las ideologías, basadas presuntamente en la razón. Entre las ideologías tampoco ha dejado de haber persecuciones, y los totalitarismos propiamente hablando aparecen históricamente en relación con ellas. Los regímenes demoliberales actuales toleran las más contrarias tendencias políticas a ideológicas, pero solo en cuanto no amenacen seriamente al sistema establecido (al final la tolerancia se ejerce siempre con los afines), y con la esperanza de que la confrontación de ideas dé lugar a una evolución pacífica, lo que no siempre se cumple. Teniendo en cuenta estas cosas, la Inquisición consistió en la institucionalización y regulación de un espíritu defensivo presente en todas las sociedades de modo más o menos difuso y arbitrario. Y se entiende su carácter mucho más moderado de lo que se pretende, y el absurdo de emparentarla con totalitarismos y regímenes policíacos propios del siglo XX.

La Inquisición tuvo un doble papel presionando por la expulsión de los judíos y luego en la persecución de los falsos conversos. Como es sabido, la expulsión valió a los Reyes Católicos la felicitación y el beneplácito de los demás estados europeos, los que indica una actitud muy común hacia ellos. De hecho habían sido expulsados también de Inglaterra, Francia y algún otro país, pero no del mismo modo. En Inglaterra y Francia la expulsión fue repentina para apoderarse de sus bienes, mientras que en España se les dio oportunidad de bautizarse y tiempo para vender sus pertenencias.

Auto de Fe (Francisco Ricci)

De siempre, la política hacia los judíos en Europa  alternaba entre la tolerancia  (en el sentido estricto de ser tolerados, no queridos), la persecución y la expulsión. Solian protegerles monarcas y nobles, por las ganancias que obtenían de ellos, y, de modo ambivalente el papado; y les odiaba el pueblo llano. Esa aversión nacía, según Sánchez Albornoz y otros, de los préstamos usurarios del 100% anual y más, necesitados por la gente humilde para subsistir en años de sequías y miseria. El rey Fernando señaló: “Hallamos los dichos judíos, por medio de grandísimas e insoportables usuras, devorar y absorber las haciendas y sustancias de los cristianos, ejerciendo inicuamente y sin piedad la pravedad usuraria contra los dichos cristianos (…) como contra enemigos y reputándolos idólatras, de lo cual graves querellas de nuestros súbditos y naturales a nuestras orejas han prevenido”. Denuncia que retomaría, entre otros, Lutero con verdadera furia. La identificación de los judíos como usureros era casi general en toda Europa, aunque realmente solo una parte de ellos se especializaba en tal práctica, así como en préstamos a la oligarquía y a los monarcas, siempre inclinados a gastar más de lo que ingresaban; aunque en este caso la usura era menor, y con riesgo de perder el dinero si el deudor hacía uso de su poder para no pagar. Por otra parte, muchos judíos participaban en el cobro de impuestos, lo que no aumentaba su popularidad.

Tales prácticas resultaban más humillantes para los cristianos por cuanto consideraban a los prestamistas “el pueblo deicida”, un grupo inasimilable, extraño y dañino por el efecto corrosivo de su religión; en España, la aversión se extendía a la memoria de su colaboración con la invasión islámica. Por supuesto, el odio era mutuo, si bien impotente en los judíos, salvo por medios indirectos como la usura. De hecho habían intentado sofocar el cristianismo en sus orígenes y cuando habían tenido ocasión, como en la rebelión antirromana del “mesías” Bar Kojba, habían aplicado una brutal represión a los cristianos. Aplastados por Roma y dispersados en débiles minorías, todavía cuando tuvieron ocasión, como en 614 y en alianza con los persas, tropas judías cometieron la matanza de Mamilla asesinando a decenas de miles de cristianos indefensos, sin importar edad ni sexo, en la ya cristiana Jerusalén, como recuerda M. A. García Olmo.  Por lo demás, la Biblia ofrece  bastantes pasajes de conducta similar hacia los “no elegidos”. Precisados de protegerse como “pueblo elegido” contra los “no elegidos” en un ambiente hostil, practicaban formas de solidaridad que a ojos de los gentiles les convertían en una sociedad opaca dedicada a ocultos manejos, acusación ya presente en Roma y entre los visigodos.

Es indudable que el odio antiijudaico ha llegado a alcanzar grados de auténtica paranoia en Europa, y originado crímenes terribles, bien recordados –que no tienen nada que ver con la expulsión de España en el siglo XV– pero no debe olvidarse que la hostilidad era mutua, y ejercida de forma indirecta por al menos una parte de los hebreos.  Entender los hechos obliga a evitar las versiones simples de “buenos y malos”.

 

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